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Cuatro pisos, más arriba

julio 23, 2008

Eran las once y media, cuando me decidí, definitivamente iba a hacerlo. Me dispuse a salir de casa. Cierro la puerta y miro el ascensor, no las escaleras, no el ascensor, me digo. Las escaleras, serían cuatro pisos, llegaré lo suficientemente tenso, como para no estar nervioso. Segundo piso, encuentro en el rellano a la gorda de Inés, hablando con su vecina, me mirán de arriba abajo y al hacerlo se le cae a Inés, un rulo del pelo, lo normal. Las escucho murmurar algo, mi nombre, pero no me vuelvo. Sigo subiendo, tercero, un olor familiar, a bizcocho. En ése momento sale Alvaro, me saluda, no me paro y por el rabillo del ojo, lo veo mirarme extrañado. Alvaro vive con Miguel, algunas veces he subido, a ver alguna peli a su casa. Me interesan sus conversaciones y me intruyen sobre todo lo que me ocurre. Son gente buena, pero ahora sólo tengo una misión.

Cuarto, me detengo a recuperar la respiración, cuando sin llegar a acordarme se abre la puerta, la temida puerta. Pepa con su hija, ¡leches!, exclámo para adentro. Me saluda efusivamente, como siempre, mientras me aprieta contra sus secos pechos, veo por la axila a su hija Mamen, deseando hacerlo tambien, al tiempo que babea. Las preguntas de siempre, casí me arrastra a entrar, mientras me tira de un brazo, yo me aferro con todas mis fuerzas,  al quicio de la puerta. Después de repetir mil veces, que no puedo, que tengo prisa, me da otro achuchón y me deja caer al suelo. Mientras caigo, distingo en Mamen un gesto de resignación, tantas veces repetido. Me detengo en el rellano, entre escaleras, respiro hondo. Sin hacer ruido, para que las de abajo no me oigan.

Termino el último tramo, quinto piso (me encanta éste número…), letra B, me paro a un palmo de la puerta. Silencio, el corazón a mil, no respiro, me asfixio, respiro, me aparto. Tengo que centrarme. Dos, tres, cuatro, cinco y seis bocanadas de aire. Estoy bien, mas relajado. Llamo al timbre, en silencio repito, lo que quiero decir. Se abre la puerta, al tiempo que mi corazón, se desboca y se asoma por la garganta. De su casa sale un olor, mezcla de mil jardines, que inunda mi nariz y mi piel.  Aparece ella, me hace un gesto con el dedo, está hablando y me pide que espere un minuto. La miro, ella no me mira, sigue hablando. Está preciosa, con un camisón largo de tirantas, blanco. El trasluz, del ventanal que está en el salón, hace que su silueta se dibuje, como una sombra china sobre el camisón. Me voy a caer, tiemblo. Termina y me dirige una sonrisa, que me rompe por dentro. – ¡Hola pequeñin, que quieres precioso!. Balbuceo, no logro sacar la voz. Me mira extrañada. Se lo voy a decir. – ¡Alma!, ¿tienes un poco de azucar?…

Besos.

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2 comentarios leave one →
  1. julio 25, 2008 12:01 am

    ¿Y que paso?

  2. almanzurbillah permalink
    marzo 31, 2009 8:56 pm

    … y ella responde: ¿pero tu no eras diabético? Eso me pareció oir de labios de tu mujer; somos muy amigas ¿sabes?

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